Archivo de la categoría: Cuentos multifuncionales

CUENTOS MULTIFUNCIONALES Y OTRAS HISTORIAS REALES 16

LA BOLA DE CRISTAL. Un cuento de los hermanos Grimm

Vivía en otros tiempos una hechicera que tenía tres hijos, los cuales se amaban como buenos hermanos; pero la vieja no se fiaba de ellos, temiendo que quisieran arrebatarle su poder. Por eso transformó al mayor en águila, que anidó en la cima de una rocosa montaña, y sólo alguna que otra vez se le veía describiendo amplios círculos en la inmensidad del cielo. Al segundo lo convirtió en ballena, condenándolo a vivir en el seno del mar, y sólo de vez en cuando asomaba a la superficie, proyectando a gran altura un poderoso chorro de agua. Uno y otro recobraban su figura humana por espacio de dos horas cada día. El tercer hijo, temiendo verse también convertido en alimaña, oso o lobo, por ejemplo, huyó secretamente.

Habíase enterado de que en el castillo del Sol de Oro residía una princesa encantada que aguardaba la hora de su liberación; pero quien intentase la empresa exponía su vida, y ya veintitrés jóvenes habían sucumbido tristemente. Sólo otro podía probar suerte, y nadie más después de él. Y como era un mozo de corazón intrépido, decidió ir en busca del castillo del Sol de Oro.

Llevaba ya mucho tiempo en camino, sin lograr dar con el castillo, cuando se encontró extraviado en un inmenso bosque. De pronto descubrió a lo lejos dos gigantes que le hacían señas con la mano, y cuando se hubo acercado, le dijeron:
– Estamos disputando acerca de quién de los dos ha de quedarse con este sombrero, y, puesto que somos igual de fuertes, ninguno puede vencer al otro. Como vosotros, los hombrecillos, sois más listos que nosotros, hemos pensado que tú decidas.
– ¿Cómo es posible que os peleéis por un viejo sombrero? -exclamó el joven.
– Es que tú ignoras sus virtudes. Es un sombrero milagroso, pues todo aquel que se lo pone, en un instante será transportado a cualquier lugar que desee.
– Venga el sombrero -dijo el mozo-. Me adelantaré un trecho con él, y, cuando llame, echad a correr; lo daré al primero que me alcance.
Y calándose el sombrero, se alejó. Pero, llena su mente de la princesa, olvidóse en seguida de los gigantes. Suspirando desde el fondo del pecho, exclamó:
– ¡Ah, si pudiese encontrarme en el castillo del Sol de Oro! -y, no bien habían salido estas palabras de sus labios, hallóse en la cima de una alta montaña, ante la puerta del alcázar.
Entró y recorrió todos los salones, encontrando a la princesa en el último. Pero, ¡qué susto se llevó al verla!. Tenía la cara de color ceniciento, lleno de arrugas; los ojos, turbios, y el cabello, rojo.
– ¿Vos sois la princesa cuya belleza ensalza el mundo entero?
– ¡Ay! -respondió ella-, ésta que contemplas no es mi figura propia. Los ojos humanos sólo pueden verme en esta horrible apariencia; mas para que sepas cómo soy en realidad, mira en este espejo, que no yerra y refleja mi imagen verdadera.
Y puso en su mano un espejo, en el cual vio el joven la figura de la doncella más hermosa del mundo entero; y de sus ojos fluían amargas lágrimas que rodaban por sus mejillas.

Díjole entonces:
– ¿Cómo puedes ser redimida? Yo no retrocedo ante ningún peligro.
– Quien se apodere de la bola de cristal y la presente al brujo, quebrará su poder y me restituirá mi figura original. ¡Ay! -añadió-, muchos han pagado con la vida el intento, y, viéndote tan joven, me duele ver el que te expongas a tan gran peligro por mí.
– Nada me detendrá -replicó él-, pero dime qué debo hacer.
– Vas a saberlo todo -dijo la princesa-: Si desciendes la montaña en cuya cima estamos, encontrarás al pie, junto a una fuente, un salvaje bisonte, con el cual habrás de luchar. Si logras darle muerte, se levantará de él un pájaro de fuego, que lleva en el cuerpo un huevo ardiente, y este huevo tiene por yema una bola de cristal. Pero el pájaro no soltará el huevo a menos de ser forzado a ello, y, si cae al suelo, se encenderá, quemando cuanto haya a su alrededor, disolviéndose él junto con la bola de cristal, y entonces todas tus fatigas habrán sido inútiles.

Bajó el mozo a la fuente, y en seguida oyó los resoplidos y feroces bramidos del bisonte. Tras larga lucha consiguió traspasarlo con su espada, y el monstruo cayó sin vida. En el mismo instante desprendióse de su cuerpo el ave de fuego y emprendió el vuelo; pero el águila, o sea, el hermano del joven, que acudió volando entre las nubes, lanzóse en su persecución, empujándola hacia el mar y acosándola a picotazos, hasta que la otra, incapaz de seguir resistiendo, soltó el huevo. Pero éste no fue a caer al mar, sino en la cabaña de un pescador situada en la orilla, donde en seguida empezó a humear y despedir llamas. Eleváronse entonces gigantescas olas que, inundando la choza, extinguieron el fuego. Habían sido provocadas por el hermano, transformado en ballena, y, una vez el incendio estuvo apagado, nuestro doncel corrió a buscar el huevo, y tuvo la suerte de encontrarlo. No se había derretido aún, mas, por la acción del agua fría, la cáscara se había roto y, así, el mozo pudo extraer, indemne, la bola de cristal.

Al presentarse con ella al brujo y mostrársela, dijo éste:
– Mi poder ha quedado destruido, y, desde este momento, tú eres rey del castillo del Sol de Oro. Puedes también desencantar a tus hermanos, devolviéndoles su figura humana.
Corrió el joven al encuentro de la princesa y, al entrar en su aposento, la vio en todo el esplendor de su belleza y, rebosantes de alegría, los dos intercambiaron sus anillos.

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CUENTOS MULTIFUNCIONALES Y OTRAS HISTORIAS REALES 15

SUEÑO DEL DRAGÓN BIBLIOTECARIO. Poema de Luis Alberto de Cuenca

En el nº primavera-verano 2016 de la Revista Literaria Fábula

..

Sueño con un  dragón de cuerpo enorme

y aspecto terrorífico, de boca

erizada de dientes, ojos crueles

y llameantes, como el de una lámina

de un libro de Araluce en el que Fafnir

se enfrentaba a Sigfrido. Pero el monstruo

no viene a devorarme ni a quemarme

con su aliento de fuego. Se lo digo

a mis hijos que duermen a mi lado:

“Este dragón no es malo. No va a hacernos

daño. No os preocupéis. Pensad en Daenerys

y en sus dragones, tan conmovedores.

Ha venido tan solo a postularse

como guardián de nuestra biblioteca.

Su currículum es extraordinario:

ha custodiado puentes y castillos,

doncellas y tesoros fabulosos.

Ahora le gustaría vigilar

bibliotecas, y a mí me viene bien

contratarlo por una temporada”.

Cuando despierto, el bicho ya se ha ido.

Quiero pensar que de ahora en adelante

mis libros van a estar mejor guardados.

 

CUENTOS MULTIFUNCIONALES Y OTRAS HISTORIAS REALES 14

LA MUJER QUE ESCRIBIÓ UN DICCIONARIO. Por Gabriel García Márquez

El País, 10 de febrero de 1981.

Hace tres semanas, de paso por Madrid, quise visitar a María Moliner. Encontrarla no fue tan fácil como yo suponía: algunas personas que debían saberlo ignoraban quién era, y no faltó quien la confundiera con una célebre estrella de cine. Por fin logré un contacto con su hijo menor, que es ingeniero industrial en Barcelona, y él me hizo saber que no era posible visitar a su madre por sus quebrantos de salud. Pensé que era una crisis momentánea y que tal vez pudiera verla en un viaje futuro a Madrid. Pero la semana pasada, cuando ya me encontraba en Bogotá, me llamaron por teléfono para darme la mala noticia de que María Moliner había muerto. Yo me sentí como si hubiera perdido a alguien que sin saberlo había trabajado para mí durante muchos años. María Moliner -para decirlo del modo más corto- hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana. Se llama Diccionario de uso del español, tiene dos tomos de casi 3.000 páginas en total, que pesan tres kilos, y viene a ser, en consecuencia, más de dos veces más largo que el de la Real Academia de la Lengua, y -a mi juicio- más de dos veces mejor. María Moliner lo escribió en las horas que le dejaba libre su empleo de bibliotecaria, y el que ella consideraba su verdadero oficio: remendar calcetines. Uno de sus hijos, a quien le preguntaron hace poco cuántos hermanos tenía, contestó: «Dos varones, una hembra y el diccionario». Hay que saber cómo fue escrita la obra para entender cuánta verdad implica esa respuesta.

María Moliner nació en Paniza, un pueblo de Aragón, en 1900. O, como ella decía con mucha propiedad: « En el año cero”. De modo que al morir había cumplido los ochenta años. Estudió Filosofía y Letras en Zaragoza y obtuvo, mediante concurso, su ingreso al Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios de España. Se casó con don Fernando Ramón y Ferrando, un prestigioso profesor universitario que enseñaba en Salamanca una ciencia rara: base física de la mente humana. María Moliner crió a sus hijos como toda una madre española, con mano firme y dándoles de comer demasiado, aun en los duros años de la guerra civil, en que no habla mucho que comer. El mayor se hizo médico investigador, el segundo se hizo arquitecto y la hija se hizo maestra. Sólo cuando el menor empezó la carrera de ingeniero industrial, María Moliner sintió que le sobraba demasiado tiempo después de sus cinco horas de bibliotecaria, y decidió ocuparlo escribiendo un diccionario. La idea le vino del Learner’s Dictionary, con el cual aprendió el inglés. Es un diccionario de uso; es decir, que no sólo dice lo que significan las palabras, sino que indica también cómo se usan, y se incluyen otras con las que pueden reemplazarse. «Es un diccionario para escritores», dijo María Moliner una vez, hablan do del suyo, y lo dijo con mucha razón. En el diccionario de la Real Academia de la Lengua, en cambio, las palabras son admitidas cuando ya están a punto de morir, gastadas por el uso, y sus definiciones rígidas parecen colgadas de un clavo. Fue contra ese criterio de embalsamadores que María Moliner se sentó a escribir su diccionario en 1951. Calculó que lo terminaría en dos años, y cuando llevaba diez todavía andaba por la mitad. «Siempre le faltaban dos años para terminar», me dijo su hijo menor. Al principio le dedicaba dos o tres horas diarias, pero a medida que los hijos se casaban y se iban de la casa le quedaba más tiempo disponible, hasta que llegó a trabajar diez horas al día, además de las cinco de la biblioteca. En 1967 -presionada sobre todo por la Editorial Gredos, que la esperaba desde hacía cinco años- dio el diccionario por terminado. Pero siguió haciendo fichas, y en el momento de morir tenía varios metros de palabras nuevas que esperaba ver incluidas en las futuras ediciones. En realidad, lo que esa mujer de fábula había emprendido era una carrera de velocidad y resistencia contra la vida.

Su hijo Pedro me ha contado cómo trabajaba. Dice que un día se levantó a las cinco de la mañana, dividió una cuartilla en cuatro partes iguales y se puso a escribir fichas de palabras sin más preparativos. Sus únicas herramientas de trabajo eran dos atriles y una máquina de escribir portátil, que sobrevivió a la escritura del diccionario. Primero trabajó en la mesita de centro de la sala. Después, cuando se sintió naufragar entre libros y notas, se sirvió de un tablero apoyado sobre el respaldar de dos sillas. Su marido fingía una impavidez de sabio, pero a veces medía a escondidas las gavillas de fichas con una cinta métrica, y les mandaba noticias a sus hijos. En una ocasión les contó que el diccionario iba ya por la última letra, pero tres meses después les contó, con las ilusiones perdidas, que había vuelto a la primera. Era natural, porque María Moliner tenía un método infinito: pretendía agarrar al vuelo todas las palabras de la vida. «Sobre todo las que encuentro en los periódicos», dijo en una entrevista. «Porque allí viene el idioma vivo, el que se está usando, las palabras que tienen que inventarse al momento por necesidad». Sólo hizo una excepción: las mal llamadas malas palabras, que son muchas y tal vez las más usadas en la España de todos los tiempos. Es el defecto mayor de su diccionario, y María Moliner vivió bastante para comprenderlo, pero no lo suficiente para corregirlo.

Pasó sus últimos años en un apartamento del norte de Madrid, con una terraza grande, donde tenía muchos tiestos de flores, que regaba con tanto amor como si fueran palabras cautivas. Le complacían las noticias de que su diccionario había vendido más de 10.000 copias, en dos ediciones, que cumplía el propósito que ella se había impuesto y que algunos académicos de la lengua lo consultaban en público sin ruborizarse. A veces le llegaba un periodista desperdigado. A uno que Ie preguntó por qué no contestaba las numerosas cartas que recibía le contestó con más frescura que la de sus flores: «Porque soy muy perezosa». En 1972 fue la primera mujer cuya candidatura se presentó en la Academia de la Lengua, pero los muy señores académicos no se atrevieron a romper su venerable tradición machista. Sólo se atrevieron hace dos años, y aceptaron entonces la primera mujer, pero no fue María Moliner. Ella se alegró cuando lo supo, porque le aterrorizaba la idea de pronunciar el discurso de admisión. «¿Qué podía decir yo », dijo entonces, «si en toda mi vida no he hecho más que coser calcetines?».

 

CUENTOS MULTIFUNCIONALES Y OTRAS HISTORIAS REALES 13

SALVO EXCEPCIONES. Un pequeño cuento de Mario Benedetti. Del libro Despistes y franquezas

            En la sala repleta circuló un aire helado cuando don Luciano, con todo el peso de su prestigio y de su insobornable capacidad de juicio, al promediar su conferencia tomó aliento para decir: “Como siempre, quiero ser franco con ustedes. En este país, y salvo excepciones, mi profesión está en manos de oportunistas, de frívolos, de ineptos, de venales”.

A la mañana siguiente, su secretaria le telefoneó a las ocho: “Don Luciano, lamento molestarlo tan temprano, pero acaban de avisarme que, frente a su casa, hay como quinientas personas esperándolo”. “¿Ah, sí?”, dijo el profesor, de buen ánimo. “¿Y qué quieren?”. “Según dicen, se proponen expresarle su saludo y su admiración”. “¿Pero quiénes son?”. “No lo sé con certeza, don Luciano. Ellos dicen que son las excepciones”.

 

CUENTOS MULTIFUNCIONALES Y OTRAS HISTORIAS REALES 12

LA FÁBULA DEL PESCADOR. Recogida por Carlos Taibo
 

En un pueblo de la costa mexicana, un paisano está medio adormecido junto al mar. Un turista norteamericano se le acerca y entablan conversación.

El turista le pregunta:
—”Y usted, ¿a qué se dedica? ¿En qué trabaja?”.
El mexicano responde:
—”Soy pescador”.
—”¡Vaya, pues debe ser un trabajo muy duro! Trabajará usted muchas horas”.
—”Sí, muchas horas”, replica el mexicano.
—”¿Cuántas horas trabaja usted al día?”.
—”Bueno, trabajo tres o cuatro horitas”.
—”Pues no me parece que sean muchas. ¿Y qué hace usted el resto del
tiempo?”.
—”Vaya. Me levanto tarde. Trabajo tres o cuatro horitas, juego un rato con mis
hijos, duermo siesta con mi mujer y luego, al atardecer, salgo con los amigos a
tomar unas cervezas y a tocar guitarra”.
El turista norteamericano reacciona inmediatamente de forma airada y
responde:
—”Pero hombre, ¿cómo es usted así?”.
—”¿Qué quiere decir?”.
—”¿Por qué no trabaja usted más horas?”.
—”¿Y para qué?”, responde el mexicano.
—”Porque así al cabo de un par de años podría comprar un barco más
grande”.
—”¿Y para qué?”.
—”Porque un tiempo después podría montar una factoría en este pueblo”.
—”¿Y para qué?”.
—”Porque luego podría abrir una oficina en el distrito federal”.
—”¿Y para qué?”.
—”Porque más adelante montaría delegaciones en Estados Unidos y en
Europa”.
—”¿Y para qué?”.
—”Porque las acciones de su empresa cotizarían en bolsa y usted se haría
inmensamente rico”.
—”¿Y para qué?”.
—”Pues para poder jubilarse tranquilamente, venir aquí, levantarse tarde,
jugar un rato con sus nietos, dormir la siesta con su mujer y salir al atardecer a
tomarse unas cervezas y a tocar la guitarra con los amigos”.

CUENTOS MULTIFUNCIONALES Y OTRAS HISTORIAS REALES 11

UN ALTO EN LA TERAPIA. Otro cuento de Juan José Millás.

Soñé que me comía unas bragas con cuchillo y tenedor. Venían precocinadas, dentro de un estuche de aluminio, y no había más que meterlas dos minutos en el microondas. Eran blancas, de celosía, y se deshacían en la lengua. Venían tres en cada paquete, una para cada comida del día, y poseían propiedades dietéticas adelgazantes. Eran bragas de parafarmacia, o de herboristería, por decirlo rápido. Le conté el sueño a mi psicoanalista, que en aquella época era un hombre delgado y muy nervioso. Me preguntó que a quién creía yo que pertenecían esas bragas.

-Eran impersonales -dije-. Venían dentro de un estuche de aluminio.

-¿De verdad cree usted que eran impersonales?

-Yo al menos no las había visto nunca.

Él se calló, pero era un silencio con el que venía a decir que no me hiciera el ingenuo. Lo cierto es que no podía dejar de pensar en el sabor de las bragas. Creo que nunca había tenido un sueño tan intenso, en el que se combinaran los placeres del sexo con los de la comida de ese modo. Me pregunté si existiría una ropa interior de mujer comestible y al salir de la consulta pasé por una herboristería. No me atreví a preguntar por las bragas, pero miré todos los productos de la tienda, uno a uno, y puedo asegurar que no las había, al menos de esas características. Por la tarde telefoneé a una amiga con la que tengo mucha confianza. Le pregunté si las conocía, y me dijo que no. Por lo visto, había unas de papel, pero no eran comestibles.

Al día siguiente fui a la farmacia y pedí un paquete de kleenex y otro de bragas de papel.

-Es que estoy muy acatarrado -dije por decir algo.

Una vez en casa abrí el paquete y, en efecto, eran bragas de papel, pero no se parecían en absoluto a las de mi sueño, que parecían orgánicas sin dejar de ser sintéticas. Las de papel se podían comer, desde luego, pero daban sed porque tenían mucha celulosa. Me deshice de ellas y no volví a soñar con las otras, pese a la insistencia de mi psicoanalista.

-Si quiere saber más de esas bragas, tendrá que soñar usted mismo con ellas -le dije-. Yo raramente repito el mismo sueño.

Un día, ya muy avanzado mi análisis, conocí a una chica con la que acabé en la cama. Ella se quedó dormida enseguida y yo me levanté para ir al baño. Entonces vi sus bragas en el suelo, junto a la cama, y, no se lo va usted a creer, le dije a mi psicoanalista, eran las del sueño. La chica dormía profundamente, de manera que me las llevé a la cocina, las puse sobre un plato y, sin calentar ni nada, me las comí con cuchillo y tenedor. Tenían una textura perfecta y aquel sabor a espuma que tanto me había cautivado en las del sueño.

-¿Se comió las bragas de verdad? -preguntó mi psicoanalista.

Le dije que sí, porque en el análisis nunca miento, creo que la mentira es una forma de resistencia, aunque me pareció que en su pregunta había un tono de censura, o quizá de envidia. Y además me sentaron muy bien. Después volví al dormitorio, me acosté junto a la chica y me quedé dormido. Cuando me desperté, la vi ir de un lado para otro en busca de sus bragas.

-Me las he comido -le dije.

-No importa -respondió ella-, te traeré más.

Lo cierto es que no la volví a ver. Lo único que tenía de ella era un teléfono que resultó ser falso. Mi psicoanalista insinuó si no habría soñado también aquel encuentro y lo cierto es que me hizo dudar, aunque lo real tiene una textura y un volumen muy difíciles de confundir con los del sueño.

-Pero usted vino aquí porque confundía las cosas -me dijo con malicia.

-Es verdad -tuve que admitir-, pero en lo que respecta a las bragas siempre tuve los pies en la tierra.

-¿Recuerda las primeras bragas que vio? -me dijo.

-Las primeras bragas las soñé.

-Pero acaba de decirme que en lo que se refiere a las bragas siempre ha tenido los pies en la tierra.

-La tierra de las bragas son los sueños -argumenté yo.

Mi psicoanalista calló con un silencio rencoroso. Yo hice como que estaba constipado y me metí la mano en el bolsillo para sacar el pañuelo, pero en lugar de un kleenex saqué unas bragas. Mi psicoanalista se arrojó sobre mí, me las arrebató y se las metió en la boca masticándolas con desesperación. El pobre creía que eran las del sueño, pero eran unas de papel que había guardado para engañarle. Sólo entonces pudimos continuar mi terapia sin interrupciones.

CUENTOS MULTIFUNCIONALES Y OTRAS HISTORIAS REALES 10

CUATRO PARÁBOLAS LITERALES, de Quino Romero
en acorazado.org

CUIDADO

Esta es la historia de un hombre que ya no pudo volver a caminar porque siempre iba con pies de plomo y este metal pesado, flexible, inelástico se funde con mucha facilidad.
Desde entonces es una persona mucho más ligera y despreocupada.

ENCERRADO

A aquel hombre le acaeció lo que a tantos otros les ocurre al no comportarse como tales. Se vio privado de libertad en un pequeño zoo local al ser confundido por un simio, ya que que no dejaba de andarse por las ramas.
Cada día se esfuerza en defender con datos y pruebas su condición humana.

DESCUIDO

Este es el relato de un hombre que perdió el conocimiento al golpearse con una señal divina ya que tenía la costumbre de liarse la manta a la cabeza y no conocer a nadie.
A partir de ese momento se volvió prudente y cauteloso.

ENCUENTRO

Un hombre y minucioso explorador un día encontró algo muy desagradable inspeccionando al pie de una letra.
Aunque no siempre lo consigue tal experiencia le enseñó que ciertos detalles es mejor pasar por alto.